miércoles, 11 de enero de 2012

Metáfora de la Historia y la Vida.

     

LAS MUJERES DESCONOCIDAS

     Érase una vez, en un mundo no tan lejano cómo nos han hecho creer, vivían dos mujeres solitarias. Dos mujeres que poco sabían de sí mismas, y menos podían saber entre ellas. Eran diferentes, distantes, divergentes y divididas. Eran el blanco y el negro; el cielo y el infierno; la claridad y la oscuridad; eran la más absoluta diferencia en todo.



     Cada una vivía su propia vida, ajena al devenir de la otra. Eran entes independientes en apariencia, aunque similares en su existencia. Crecieron diferentes, viviendo cómo podían y cómo sabían, ausentes siempre de la otra. Llegó un tiempo en que crecieron, maduraron y se moldearon a su forma propia. Crecían en personalidad, y definían aún más su idiosincrasia, su "yo" mismo. Fue entonces, cuando ya eran mujeres maduras, propias y desgarradoras (como lo son todas), que se hallaron en un camino muy particular. Era un camino diferente, de los que no había por ahí y de los que no se construían tan fácilmente. El camino tenía una distancia tal que la mitad del mismo estaba empedrado con pequeños cantos rodados de río ondulados y ovalados cubiertos en sus juntas por arenisca y cal. La otra mitad se disponía de tal manera que presentaba dos carriles perfectamente delimitados por una línea pintada en el medio de color blanco. Una línea gruesa y permanente que llegaba hasta la mitad, para cortarse con el carril empedrado. Esta mitad de camino estaba formado por un hormigón de color negruzco oscuro.

     Ese camino era fundamental para ellas, pues nunca lo había cruzado ninguna. Solo eran capaces de llegar a la mitad del camino, a su propio camino: una al suyo y otra al suyo propio también. Llegaban al límite y, temerosas ante el nuevo camino que se encontraban y que era desconocido, solo tenían que retomar sus pasos y volver a su vida. La otra mitad del camino era oscuro, tenebroso y con muy poca luz. ¿Qué aguardaba ese lugar? ¿Qué situaciones entrañaba ese mundo diferente que cada una de ellas desconocía en lo más profundo de su ser? Eran incapaces de cruzar ese límite psicológico que les ahondaba en la soledad y el desconocimiento del "otro". Lo curioso de su caso es que nunca se encontraban en los límites del camino. Ellas no se conocían, ni se habían visto nunca en sus vidas ausentes. La curiosidad venía justificada sencillamente por un hecho obvio: cuando en el mundo de una de las mujeres era de día, en el mundo de la otra mujer era de noche, y viceversa. Ese era el único motivo por el cual cuando una de ellas paseaba por la mañana hasta su camino, la otra yacía dormida en su mundo sin saber lo que ocurría en el otro. Era ley de vida.

      La historia cambió cuando cierto día una de ellas no podía descansar en su cama. Tenía terribles pesadillas que turbaban su sueño de tal manera que despertó empapada en sudores, calores y lágrimas en los ojos. Lo único que pudo hacer fue quitarse las pesadas mantas sintéticas de encima y encender una pequeña lámpara que tenía en su mesita de noche. Fue ese día que no podía conciliar el sueño cuando se dispuso a salir. No entendía por qué pero debía hacerlo. Se calzó sus botas, sus vaqueros, su camisa y la chaqueta de cuero. No tenía miedo a nada. Se vistió con celeridad y salió de su casa. No sabía donde ir, aunque su único destino lo guiaban sus pies inconscientemente hacia el camino que tantas dudas le planteaba. Cuando marchó hacia el  camino a oscuras, pudo guiarse gracias a que su mundo lo conocía a la perfección. No cabía el error. Su conocimiento de éste era exacto y racional. Sabía a ciencia cierta donde estaba colocada una pared o un puente, un edificio o una calle. Fue entonces a tientas, con mucho cuidado, hasta llegar al principio de su medio camino. Vió entonces algo que nunca antes había visto. Una diminuta luz, mínima y casi apagada brillaba débilmente al final del camino. Era algo que ella nunca había visto antes, pero era una luz que le recordaba algo cercano a ella. La necesidad de conocer qué había detrás de ella le hizo andar su camino. Poco a poco la luz se hacía más nítida, brillante y clara, y lo que antes era un punto perdido en la distancia, ahora era un lugar luminoso y amplio. Veía en él cosas extrañas. Cosas que sus ojos nunca antes habían contemplado. Un lugar verde, con protuberancias que salían desde el suelo, palos verticales marrones con terminaciones verdosas, objetos grisáceos de tamaños variadísimos y algunos "objetos" que iban a cuatro patas y paseban por ese absurdo mundo emitiendo ruidos desconocidos: muuuuu, veeeee, guau guau, miauu,... La mujer no entendía nada y, asustada ante lo que estaba observando por primera vez, decidió volver despavorida hacia su mundo y su casa. Llegó y decidió echarse de nuevo a la cama, para poder reflexionar sobre lo que había ocurrido durante esa noche incomprensible.

     Al día siguiente, todo siguió igual. Las dos mujeres continuaban con sus propios quehaceres diarios. Fue entonces, durante esa noche, cuando la otra mujer tuvo unas pesadillas muy similares a las que había soportado la mujer del otro mundo. Se levantó también muy sofocada. Apartó con un movimiento esperpéntico la manta de lana que la hacía entrar en calor y se sentó en el lecho de paja que la acomodaba. Observó las brasas que todavía se mantenían vivas en la chimenea que encendió para soportar el frío, y cogió el candil de aceite de su pequeña mesita. Lo acercó a las brasas y lo encendió al momento. No tenía nada de sueño, y sus ojos estaban tremendamente abiertos. Se puso su camisón blanco largo y se calzó los zuecos de madera. Un abrigo de piel curtida de vaca le sirvió para salir de su casa y luchar contra el frío. El candil se apagó al instante, debido al fuerte viento que resoplaba en el exterior. No había problema. La mujer conocía su mundo a la perfección. Palpó los árboles y sus ramas, el puente y el pozo, la ladera y las rocas,... hasta conseguir llegar a la mitad de su camino. Fue entonces cuando vio una luz lejana y medio apagada al final del mismo. Su curiosidad hizo que siguiera el camino que tantas veces había recorrido. Lo atravesó como siempre, hasta que la luz iba siendo más intensa, clara y potente. Llegó entonces al final de su camino. Vio cosas que sus ojos jamás en la vida habían contemplado: muros rectilíneos con colores extraños, grandes viviendas que se levantaban hacia el cielo como gigantes, un puente enorme colgante que se sostenía como por arte de magia, y unos "objetos" extraños, curiosísimos, que tenían ruedas negras y colores muy llamativos. Se quedó blanca, por lo que al momento giró su cuerpo y volvió corriendo a casa. Mantuvo el aliento largo rato, hasta que llegara a su dormitorio y se hiciera miles y miles de preguntas para no encontrar ninguna respuesta. Fue la noche más increíble de su vida.

     Ambas mujeres, tras estos sucesos incomprensibles para ellas, continuaron un largo tiempo su vida diaria. No habían olvidado, no obstante, lo que les ocurrió esa fatídica noche que descubrieron ese lugar nuevo y diferente. Conforme pasaba el tiempo, la curiosidad las desgarraba por dentro de una forma inverosímil. Ocurrió entonces algo sin igual. Cuando en un mundo era de día, de repente llegó la oscuridad. El astro sol que gobernaba los cielos fue ocultándose detrás del satélite lunar, que lo tapó casi por completo. La oscuridad era letal en ambos mundos, y no se veía absolutamente nada. Poco a poco, el eclipse lunar fue retirándose, permitiendo que la luz del sol volviera a brillar con la intensidad que merecía en su mundo. Pero ocurrió entonces algo diferente. Al tiempo que la luna abandonaba la órbita solar en un mundo; en el otro empezaba también a brillar el sol. La noche desaparecía de los dos mundos, y la luz se reconciliaba en todo el globo por unanimidad.

     La mujer de ese mundo había llegado al final de su camino, y pudo contemplar como ya lo hiciera la primera vez ese mundo diferente. Ya no le resultaba tan ajeno, e incluso encontraba puntos en común entre los dos mundos, al principio tan diferentes. Su rostro esbozaba una sonrisa de gratitud por hallarse donde estaba. Podía incluso ver los dos mundos a la vez sin contar con el problema de la luz. Era una experiencia sensacional. Esa mujer, que se encontraba en un momento de gozo increíble, comenzó entonces a vislumbrar una sombra lejana en el otro camino, y que venía de frente hacia ella. La sombra era muy reconocible: el cabello largo y rubio como ella misma, las piernas largas y definidas, los pechos turgentes y finos, la cara estirada y blanca, los ojos verdosos y claros. Al momento se encontraban frente a frente. Se miraban con ingenuidad, y no sabían que decirse. Fue entonces cuando una de ellas, la que vivía en la ciudad, le dijo a la otra.

- ¡Hola!, ¿qué tal? ¿cuál es tu nombre y qué haces aquí?; preguntó la primera.
- ¡Hola!, mi nombre es Diana. Soy la dueña de este mundo. Yo decido cómo se vive aquí. Yo controlo que cereales se cultivan, y que ganado se sacrifica. Yo entiendo por qué mi mundo es como es. Yo sé quien soy... ¿Y tú?
- Pues yo soy Atenea. Soy también dueña de mi mundo. Yo también decido cómo se vive aquí. También controlo yo qué se produce aquí, qué se vende y a qué precio. Yo entiendo, igual que tú, por qué mi mundo es así. Yo sé quien soy.
- ¿Produce, vende y precio? ¿De qué estas hablando? No conozco algunas palabras de tu idioma? ¿Qué significan?; cuestionó la mujer que vivían en el campo.
- ¿Cereales, ganado y sacrificio? Tampoco conozco yo las tuyas; recriminó Atenea a Diana.

     Las dos mujeres comenzaron a hacerse preguntas entre sus dos mundos. La una defendía que el suyo era el normal, el común y el universal. La otra defendía para el suyo lo mismo. El día desapareció, y llegó el atardecer. La luz iba menguando rápidamente, hasta que Diana le preguntó a Atenea.

- Agradecería invitarte a mi mundo para que lo conozcas y sepas de lo que te hablo. No tengas miedo. Solo estamos tu y yo.
- De acuerdo Diana, lo haré encantada; contestó Atenea.

      Cortesmente aceptó la oferta, y Atenea marchó al mundo de Diana. Atravesó Atenea el medio camino de piedras que nunca antes había cruzado. Pero los zapatos que llevaba le eran incómodos para andar por ese camino, por lo que se descalzó para ir más cómoda. Una vez hubo llegado al mundo de su amiga, descubrió en él cosas sensacionales que nunca habían disfrutado sus ojos. Subió a las montañas para admirar la geografía y la historia del lugar, admiró los mares y sus barcos, deseó los campos y sus animales, reflexionó sentada en los puentes de los riachuelos, cazó, bebió, comió, rió, amó y vivió. Moldeó el barro, fabricó el fuego y paseó y cantó por las estrellas. Su experiencia fue infinita y real.

      Al poco tiempo, Atenea debía marchar de nuevo a su mundo, abandonado demasiado tiempo. Atenea mostraba su más absoluta tristeza, pues era incapaz de volver a un mundo en el que ella sabía que ya no sería feliz. Fue entonces cuando Diana, que había entablado una gran amistad con su amiga Atenea, le preguntó:

- ¿Qué te ocurre, Atenea? ¿Acaso no has disfrutado mi mundo? ¿Es qué no lo has amado tanto como yo lo he amado?; preguntó Diana a su única compañera.
- ¡Claro que sí, amiga! ¡Nunca olvidaría todos los días que he pasado junto a él y junto a tí!Ha sido lo más bonito que he hecho en mi vida. He recorrido un mundo sincero, honesto, bello y natural. Pero...
- ¿Pero qué? ¿Acaso no es tu mundo como el mío? ¿Es qué no existen las mismas cosas?; preguntó de nuevo Diana.

     Atenea se encontraba sin respuesta alguna. No era capaz de decirle nada. Le mataba un sentimiento de cupabilidad enorme del que no podía zafarse, y que le desgarraba el corazón y las entrañas con una fuerza descomiunal. Diana, entonces, cogió a su amiga de la mano y comenzó a andar con ella. Atenea y Diana atravesaron el camino de piedras descalzas y sin dificultad. Cuando llegaron a la mitad del camino, Atenea cogió sus botas y se las dio a Diana para que se calzase con ellas. Sabía que las iba a necesitar. Diana no entendió ese hecho, pero aceptó con amabilidad y se las calzó. Se sentía extraña con ellas, desnaturalizada y violada . Diana llegó al mundo de Atenea, por fin. Una vez hubo entrado en él, comenzó a toser insistentemente, y los ojos comenzaron a llorarle.

- ¿Qué me ocurre?; preguntó Diana.
- Lo siento amiga, es la contaminación de mi mundo; respondió Atenea con resignación.

Siguieron andando por el camino, percatándose Diana de los dos carrilles que se separaban por la línea blanca.

- ¿Y para qué sirve esta separación?; preguntó Diana.
- Lo siento amiga, es para que no hayan accidentes; volvió a contestar Atenea a su amiga.

Continuaron en el mundo de Atenea, y Diana vio entonces gigantes bloques de color grisáceo que se elevaban enormemente hacia el cielo.

- ¿Y qué son esas cosas tan altas, amiga?; preguntó Diana.
- Lo siento amiga, son para que quepamos todos en mi mundo; contestó Atenea.
- ¿Y conseguís ver a nuestros dioses en el cielo, en el Olimpo, desde esas alturas?; preguntó con suma incredulidad e innata inocencia Diana.
- ¡Pues..., no!; respondió dubitativamente, y a la vez con asombro Atenea.

     Tras un largo rato, Atenea se sintió profundamente avergonzada, y finalmente se puso a llorar con fuerza en el hombre de su fiel compañera. No podía entender como había ocurrido todo eso. ¿Cómo su mundo era tan diferente al de Diana, y que tanto había amado? ¿Cómo, si en un origen fueron una misma cosa, pero despues se separaron? Diana cogió a su amiga de la mano, y giró su cuerpo para que la mirara. Le limpió las lágrimas con suavidad y dulzura, como lo haría una madre, y se dispuso a hablar por última vez.

- Querida. Cuando entré a tu mundo, tuve que ponerme un calzado diferente para andar por él; lloré de dolor por la contaminación; no vi los campos que había en el mío, ni el ganado y los animales salvajes que crecían en él.Vi montañas atravesadas por dentro por túneles, y cielos oscuros. No vi las estrellas, aunque supiera que estaban ahí. ¿Pero sabes lo qué si vi?; le preguntó a su amiga Atenea.
- ¿Qué viste?; le devolvió la pregunta a Diana.
- Vi amor. Vi el amor que le tenías a tu tierra. Vi la pasión que todos tenemos al lugar que nos vio nacer. Vi la desgarradora vida que echa raíces en un lugar. Vi también que el hombre ha crecido, ha madurado y ha cambiado su devenir histórico. Por qué las cosas cambian, la vida es dinámica, y no estática, crece y evoluciona hasta el fin de los días. Te prometo que podrás venir tantas veces como quieras a mi mundo, pero no puedes abandonar el tuyo, pues es tu responsabilidad. Debes cuidarlo y mejorarlo.

Una vez hubo concluido de hablar Diana, con sagacidad, entusiasmo y fuerza, su compañera alzó elvuelo con sus palabras y preguntó.

- ¿Pero cómo? ¿Cómo? ¿Cómo haré eso?, preguntó desesperadamente Atenea a Diana.

Diana, sin pensárselo apenas un segundo, le contestó al oído.

- Haz que se parezca al mío, y todo lo demás llegará.


Este Cuento está dedicado a Consuelo Zamora y Rafa Fierres, por enseñarme tanto de la vida.

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